Después de la
publicación en el año 2014 del libro Cerebro de pan, del neurólogo y
nutricionista David Perlmutter y Kristin Loberg, por editorial Grijalbo, se
empezó a cuestionar todo el esquema nutricional de occidente por su exagerado
componente de carbohidratos, pero sobre todo de cereales con gluten, esa
proteína que le da al pan su elasticidad y que se encuentra también en la
cebada, la soya y otros.
En el exceso
de carbohidratos estaba la explicación de la epidemia de Diabetes y obesidad.
La intolerancia al gluten no era solo el causante de la enfermedad celíaca, una
enfermedad rara en nuestro medio caracterizada por síntomas digestivos que
mejoran con la supresión de los cereales, sino también de una serie de síntomas
generales inespecíficos como debilidad, cefaleas, depresión que se tratan en la
misma forma. Además, se encontró una
correlación entre esos alimentos y el proceso inflamatorio que acompaña la
mayor parte de nuestras patologías desde el infarto del miocardio, la artritis,
el cáncer y las enfermedades de la vejez, esto es, el Alzheimer, el Parkinson.
También se
descubrió en los últimos años una clara relación entre la inflamación y todas
esas enfermedades con la flora bacteriana de nuestros intestinos. La comida “chatarra”, rica en grasas malas o
de origen animal y azúcares, favorece la proliferación de bacterias
intestinales dañinas que, a su vez, nos enferman y matan; por el contrario, una
dieta tipo oriental o mediterránea, rica en vegetales, frutas, pescado,
probióticos y alimentos fermentados, nos liberan de los abusos de la EPS.
A todo eso se
unió otro factor definitivo en la dieta: la industria o los alimentos
procesados. Pero no se trata solo de los aditivos y químicos en la elaboración
de los alimentos del supermercado, sino también a las hormonas y antibióticos
que se dan a los animales que comemos o a los insecticidas usados en las
plantas. Esos químicos matan o alteran nuestra flora bacteriana intestinal,
generan inflamación y nos enferman.
Resumo
algunas de los motivos para no consumir carne y leche en esta nueva
perspectiva: las sustancias químicas que se aplican en la industria de carnes
que nos engordan y afectan nuestra flora bacteriana; la toxicidad del plástico
en que se empaca esos alimentos; aumenta el riesgo de cáncer de colon, seno,
próstata y otros; se altera el equilibrio de ácidos grasos omega-3 y omega-6, con
predominio de estos últimos; el enorme daño ambiental que produce la ganadería.
Los autores
consultados insisten en que es mejor recurrir a los alimentos orgánicos, es
decir, procedentes de animales cuidados con pasto y no con químicos. Esto no
deja de ser una ilusión porque es imposible sostener a la comunidad con este
tipo de alimentos que son muy caros o no rentables e imposibles de producir
dadas las condiciones de contaminación en que ya vivimos. Otro es el problema
de los alimentos genéticamente modificados. (Continuará)
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