viernes, 10 de noviembre de 2017

COMER CARNE O NO




Después de la publicación en el año 2014 del libro Cerebro de pan, del neurólogo y nutricionista David Perlmutter y Kristin Loberg, por editorial Grijalbo, se empezó a cuestionar todo el esquema nutricional de occidente por su exagerado componente de carbohidratos, pero sobre todo de cereales con gluten, esa proteína que le da al pan su elasticidad y que se encuentra también en la cebada, la soya y otros.

En el exceso de carbohidratos estaba la explicación de la epidemia de Diabetes y obesidad. La intolerancia al gluten no era solo el causante de la enfermedad celíaca, una enfermedad rara en nuestro medio caracterizada por síntomas digestivos que mejoran con la supresión de los cereales, sino también de una serie de síntomas generales inespecíficos como debilidad, cefaleas, depresión que se tratan en la misma forma.  Además, se encontró una correlación entre esos alimentos y el proceso inflamatorio que acompaña la mayor parte de nuestras patologías desde el infarto del miocardio, la artritis, el cáncer y las enfermedades de la vejez, esto es, el Alzheimer, el Parkinson.

También se descubrió en los últimos años una clara relación entre la inflamación y todas esas enfermedades con la flora bacteriana de nuestros intestinos.  La comida “chatarra”, rica en grasas malas o de origen animal y azúcares, favorece la proliferación de bacterias intestinales dañinas que, a su vez, nos enferman y matan; por el contrario, una dieta tipo oriental o mediterránea, rica en vegetales, frutas, pescado, probióticos y alimentos fermentados, nos liberan de los abusos de la EPS.

A todo eso se unió otro factor definitivo en la dieta: la industria o los alimentos procesados. Pero no se trata solo de los aditivos y químicos en la elaboración de los alimentos del supermercado, sino también a las hormonas y antibióticos que se dan a los animales que comemos o a los insecticidas usados en las plantas. Esos químicos matan o alteran nuestra flora bacteriana intestinal, generan inflamación y nos enferman.

Resumo algunas de los motivos para no consumir carne y leche en esta nueva perspectiva: las sustancias químicas que se aplican en la industria de carnes que nos engordan y afectan nuestra flora bacteriana; la toxicidad del plástico en que se empaca esos alimentos; aumenta el riesgo de cáncer de colon, seno, próstata y otros; se altera el equilibrio de ácidos grasos omega-3 y omega-6, con predominio de estos últimos; el enorme daño ambiental que produce la ganadería.

Los autores consultados insisten en que es mejor recurrir a los alimentos orgánicos, es decir, procedentes de animales cuidados con pasto y no con químicos. Esto no deja de ser una ilusión porque es imposible sostener a la comunidad con este tipo de alimentos que son muy caros o no rentables e imposibles de producir dadas las condiciones de contaminación en que ya vivimos. Otro es el problema de los alimentos genéticamente modificados. (Continuará)

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