jueves, 14 de septiembre de 2017

EL DESEO DEL DESEO DEL OTRO




Son muchos los pensadores que se han atrevido a dar una definición del hombre. Para Aristóteles somos animales racionales. Otro opinó que soy “yo y mis circunstancias”; muchos consideran que el lenguaje articulado nos diferencia de los animales.  Para los religiosos, el alma me constituye como humano y me hace partícipe de la condición divina: hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios.  No falta quien diga que soy genética y cultura o, lo que es igual, biología e influencia de los otros.

Para los marxistas, mi consciencia es producto del modo de producción en que me ha tocado vivir, es decir, amo o esclavo, proletario o burgués.  Un contemporáneo piensa que somos algoritmos similares a los de los animales y computadoras. Freud y sus amigos del diván opinan que es el paso por la estructura edípica, por la relación simbólica con los padres, lo que me humaniza y define mi identidad de género.

De todas estas opiniones me gusta mucho aquella que considera que es el deseo el determinante de la condición humana. Cuando el animal tiene hambre y desea comer, come, es decir, su deseo es deseo de otra cosa; en cambio, el deseo peculiar del humano es deseo del deseo.  Yo deseo que tú me desees. No hay definición mejor del amor y del respeto por el otro. Cuando yo manipulo o abuso del otro estoy actuando como animal, esto es, deseo al otro como objeto.

Esta visión del deseo nos permite comprendernos mejor.  Si soy deseado por otro, puedo ser, existir, ser feliz.  Si no soy objeto del deseo de otra persona, no puedo llegar a ser humano, no puedo realizarme, no puedo vivir.  He ahí la clave del sufrimiento que produce la soledad, que nos desequilibra emocionalmente y que nos hace desear la muerte. 

Devolvamos el rollo de nuestra vida para entendernos mejor.  El deseo de la madre despierta en el crío la consciencia exactamente cuando este capta que es objeto del deseo de ella.  El yo o la consciencia de mí mismo es el producto imaginario de la mirada o del deseo del otro, la madre u otro ser humano que cumpla su función. El otro o la madre me constituye como un ser deseante del deseo del otro y desde que despierta mi consciencia viviré buscando toda mi vida el deseo de otros, ya sean los padres, los amigos, el cónyuge, los hijos o, ¿por qué no?, un Dios todopoderoso e imaginario que no aparte nunca su mirada amorosa de mí o me desee.

La historia y en particular la historia de las religiones se puede analizar en esta perspectiva del deseo del deseo y eso fue lo que hizo el filósofo alemán F. Hegel (1770 – 1831); pero ese es otro cuento.

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