Son muchos
los pensadores que se han atrevido a dar una definición del hombre. Para
Aristóteles somos animales racionales. Otro opinó que soy “yo y mis circunstancias”;
muchos consideran que el lenguaje articulado nos diferencia de los
animales. Para los religiosos, el alma me
constituye como humano y me hace partícipe de la condición divina: hemos sido hechos
a imagen y semejanza de Dios. No falta
quien diga que soy genética y cultura o, lo que es igual, biología e influencia
de los otros.
Para los
marxistas, mi consciencia es producto del modo de producción en que me ha
tocado vivir, es decir, amo o esclavo, proletario o burgués. Un contemporáneo piensa que somos algoritmos
similares a los de los animales y computadoras. Freud y sus amigos del diván
opinan que es el paso por la estructura edípica, por la relación simbólica con
los padres, lo que me humaniza y define mi identidad de género.
De todas
estas opiniones me gusta mucho aquella que considera que es el deseo el
determinante de la condición humana. Cuando el animal tiene hambre y desea
comer, come, es decir, su deseo es deseo de otra cosa; en cambio, el deseo
peculiar del humano es deseo del deseo.
Yo deseo que tú me desees. No hay definición mejor del amor y del
respeto por el otro. Cuando yo manipulo o abuso del otro estoy actuando como
animal, esto es, deseo al otro como objeto.
Esta visión
del deseo nos permite comprendernos mejor.
Si soy deseado por otro, puedo ser, existir, ser feliz. Si no soy objeto del deseo de otra persona,
no puedo llegar a ser humano, no puedo realizarme, no puedo vivir. He ahí la clave del sufrimiento que produce
la soledad, que nos desequilibra emocionalmente y que nos hace desear la
muerte.
Devolvamos el
rollo de nuestra vida para entendernos mejor.
El deseo de la madre despierta en el crío la consciencia exactamente
cuando este capta que es objeto del deseo de ella. El yo o la consciencia de mí mismo es el
producto imaginario de la mirada o del deseo del otro, la madre u otro ser
humano que cumpla su función. El otro o la madre me constituye como un ser
deseante del deseo del otro y desde que despierta mi consciencia viviré
buscando toda mi vida el deseo de otros, ya sean los padres, los amigos, el
cónyuge, los hijos o, ¿por qué no?, un Dios todopoderoso e imaginario que no
aparte nunca su mirada amorosa de mí o me desee.
La historia y
en particular la historia de las religiones se puede analizar en esta
perspectiva del deseo del deseo y eso fue lo que hizo el filósofo alemán F.
Hegel (1770 – 1831); pero ese es otro cuento.
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